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Desolado


Como un libro mojado
en los maderos de un banco mojado
de una plaza desarbolada y recién llovida.

Como la voz agitada
en el auricular de un teléfono público
al que alguien llamó demandando atención.

Como la pluma de paloma
en la alcantarilla de una boca de tormenta
a la que un taxi empuja con su turba hacia el vacío.

Como el carromato de circo
que quedó abandonado en un baldío
después de siete funciones en la ilusión de un niño.

Como el borracho dormido
en el portal de una tienda de frazadas
borracho por la condición de dormirse en alguna parte.

Como el sol de la mañana
que alumbra generoso la piel de una anciana
que ya no despertó abandonándose en su cama.

Si así me sintiera esta noche
estaría desolado como el cielo ennegrecido
al que la luna ausente abandonó sin despedidas.


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Nada puede escapar

Hoy Buenos Aires
amaneció pequeña,
estrecha, atiborrada y fría.

Sus veredas como cintas
de cemento se escurren
bajo mi pié quebrado.

Desde una ventana
esa mujer mira
hacia mi,
hacia mi cara en la calle.

Hace frío y la pena
cuenta tantas cuentas
como la alegría
y juntas yacen
detrás de paredes
que me tienen
sin cuidado.

Un niño corto de suelas
se abraza a si mismo
y juega al fútbol
con una botella
que rueda calle abajo
y termina aplastada
por un automóvil
sin patente.

En la próxima esquina
está el café
enfriándose en la mesa
de un bar sin diarios.

No tengo dónde ir
y ella ha decidido
no esperarme.

Mi mente emite
intermitencias
y un silencio
viscoso
se apodera
de aquello
a lo que no puedo
dar importancia.

Miro la hora
en mi reloj pequeño.

Miro esta Buenos Aires pequeña
y me siento grande,
algo mayor,
cansado.

Pienso en que ya esta
siendo hora
de terminar
con este asunto.