Hoy Buenos Aires
amaneció pequeña,
estrecha, atiborrada y fría.
Sus veredas como cintas
de cemento se escurren
bajo mi pié quebrado.
Desde una ventana
esa mujer mira
hacia mi,
hacia mi cara en la calle.
Hace frío y la pena
cuenta tantas cuentas
como la alegría
y juntas yacen
detrás de paredes
que me tienen
sin cuidado.
Un niño corto de suelas
se abraza a si mismo
y juega al fútbol
con una botella
que rueda calle abajo
y termina aplastada
por un automóvil
sin patente.
En la próxima esquina
está el café
enfriándose en la mesa
de un bar sin diarios.
No tengo dónde ir
y ella ha decidido
no esperarme.
Mi mente emite
intermitencias
y un silencio
viscoso
se apodera
de aquello
a lo que no puedo
dar importancia.
Miro la hora
en mi reloj pequeño.
Miro esta Buenos Aires pequeña
y me siento grande,
algo mayor,
cansado.
Pienso en que ya esta
siendo hora
de terminar
con este asunto.
La última vez que estuve en Buenos Aires conocí por fin a Sáenz Valiente,
uno de los mejores dibujantes de historieta del universo. Con Juan habíamos
traba...
Hace 2 días




