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Mostrando entradas de diciembre, 2008

Ofelia

Era regordeta
y sus manos eran fuertes para fregar
y fregaba sus mañas
y la roña extraña de la ropas ajenas.

Era malhablada
y su lengua era ligera para deletrear
y leía lo que no entendía
y enseñaba a hablar a hijos ajenos.

Era carnal
y sus piernas eran firmes para amar
y amaban con frecuencia
y abrigaba en ellas hombres ajenos.

Era generosa
y su espalda era ancha para cargar
y cargaba los trastos
y dejaba su orden en casas ajenas.

Era reservada
y sus ojos prontos para fluir
y lloraba con rabia
y sufría con furia dolores ajenos.

Era decidida
y se sabía madre de sus hijos
y de los hijos de sus hijos
y construía su casa blanca con patio.

Ofelia,
era así
hace un tiempo.
Casi todo el tiempo
que ya pasó.

Hoy, teje otros sueños
con el estambre hilado
con sus manos débiles,
con su lengua mordida,
con sus piernas temblorosas,
con su espalda inclinada y
con sus ojos cortos
que intentan mirar
a través del ruido
que sus propios nietos
orquestan
en su propio patio.

La extraño

Besó mis besos
sobre estos labios
que la besaban con la vida
que apenas se sostenía en el aliento.

Acarició mis manos
sobre estas caricias
que la acariciaban con la vida
que apenas se mantenía en el pulso.

Sonrió mis sonrisas
sobre estas sonrisas
que la sonreían con la vida
que apenas se alegraba en su alegría.

Habló mis palabras
sobre estas palabras
que le hablaban con la vida
que apenas se pronunciaba en el verbo.

Sintió mis sentidos
sobre estos sentidos
que la sentían con la vida
que apenas cobraba sentido en el sentir.

Vivió mis vidas
sobre estas vivencias
que la vivieron con la vida
que apenas vivificaron mi última muerte.

Y ahora,
ahora mismo,
la extraño.

Ignorancia

Ella,
parió los hijos morenos
obsequiando su vientre fértil
a él que nada sabía -ni quería-
de sus crías.

Se quedó sola y luchó
por el pan en las bocas vacías
torciendo la suerte de la pobreza
ni concebida.

Se rompió las manos
golpeando puertas en muros
sordos, inflexibles por vanidad
y desidia.

Como la más hembra
encremó su cara, tomó la cartera,
cortó su vestido de tela sombría
y recorrió la vida.

Así, con todo crió siete
críos morenos disconformes
que cambiaron a la fuerza,
su marrón estigma.

Escuchó a sus hijos
inquietos negarla y renegarla
por bronca y erectos de cambios,
partir sin mirar.

Los sintió al marcharse
pero no atinó a detenerlos.
Tenía tanto sueño como anhelos
ellos se atrevían.

Ella se echó a dormir,
tranquila por sus rebeldías.

Ellos no lo supieron,
rebeldes... cambiando sus vidas.