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Crónica de ayer


Cansado ya del silencio superficial,
soportando pensamientos que
lo atormentaron y que nunca le pertenecieron,
se obligó a ejecutar tres disparos en su sien.

Ha intentado alcanzar una comprensión
a través del pensamiento ejercitado
sin lograr de ninguna forma
evitar sentirse parte de la miseria colectiva.

Lo que evitó ser se le escurrió por el ánimo
y las iras cotidianas accionaron sus dosis
de incontinencia y dudas y ataques
intencionados contra otras humanidades.

A su alrededor y aún más lejos
nada pudo ser modificado
y en las calles de cualquier vecindad
una sexagenaria asesinó a su sicario.
Al mismo tiempo, en un cyberkiosco,
un niño de diez años que jugaba al Counter Stryke como un poseso,
tuvo la última visión de su propia sangre
estallando en la pantalla del ordenador,
ya que doscientos pesos no fueron suficientes
para que siga con vida.

No tuvo oportunidad de salvación
y como todos, fue afectado por las bestias
más íntimas, esas que de un momento a otro dominan
por no creer en lo que debe inhibir el impulso.

La fe divina y la moral
con que procuró sosegarse
fueron tomadas por asalto por una verdad instintiva
que lo descubrió tal y como era: Igual a cualquier otro.

Una explosión de violencia latente
resonó en la habitación desamoblada
y en la vecindad de los sordos,
tras jalar el gatillo del primero de los tres disparos.
Luego, el mismo silencio superficial y definitivo.


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Nada puede escapar

Hoy Buenos Aires
amaneció pequeña,
estrecha, atiborrada y fría.

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bajo mi pié quebrado.

Desde una ventana
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hacia mi,
hacia mi cara en la calle.

Hace frío y la pena
cuenta tantas cuentas
como la alegría
y juntas yacen
detrás de paredes
que me tienen
sin cuidado.

Un niño corto de suelas
se abraza a si mismo
y juega al fútbol
con una botella
que rueda calle abajo
y termina aplastada
por un automóvil
sin patente.

En la próxima esquina
está el café
enfriándose en la mesa
de un bar sin diarios.

No tengo dónde ir
y ella ha decidido
no esperarme.

Mi mente emite
intermitencias
y un silencio
viscoso
se apodera
de aquello
a lo que no puedo
dar importancia.

Miro la hora
en mi reloj pequeño.

Miro esta Buenos Aires pequeña
y me siento grande,
algo mayor,
cansado.

Pienso en que ya esta
siendo hora
de terminar
con este asunto.