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"Habitaré tibiamente tus entrañas para salirme y volverme minúsculo, incompleto, ínfimo. Llenaré de silencio los mares, cruzaré de lado a lado la tierra. Volveré mi vista una y otra vez, para descifrarte y encontrar el canal que me devuelva. Lloraré mis dudas. Me haré más en vientres extraños, para ver el ciclo y elucidarlo. Abdicaré. La tierra me hará suyo, y me abandonará en lagrimas y sudor el agua. El viento me llevará consigo a dispersarme en otros ciclos. El fuego flameará mi olvido." - Gustavo Camacho

miércoles, 8 de octubre de 2008

Toki y la tetona

11 comentarios

Hacía unos años que no sabía nada de Gabriel Villar. La última temporada que nos frecuentamos fué hace unos cuatro años. Yo me había mudado a Castelar y nos tocó ser compañeros de trabajo.

Gabriel era un grandulote, uno de esos tipos que uno al verlo se da cuenta que con semejante anatomía es normal que se mueva torpemente y que no pueda apretar menos de dos letras al mismo tiempo, en el teclado de la computadora. Era un fanático de las actividades físicas. Participaba en pentatlones y otras competencias en las que pudiera dejar manifiesto de su fortaleza o en cualquier actividad que le permitiera evitar que se zanjaran dudas respecto de su resistencia física. Los sábados era patovica de un boliche de Ramos Mejía y los domingos, seguridad en el estadio del Deportivo Morón, un club del conurbano bonaerense, militante en la categoría B del fútbol nacional. La hinchada era de temer para cualquiera que no planeara morir antes de lo oportuno. Gabriel, o Toki, como lo llamaban, llegaba cada lunes al trabajo con la mano derecha destruida o los ojos en compota, y en eso podía leerse cómo le había ido el día anterior. Toki se había ganado ese apodo porque él mismo tenía la costumbre de llamar a cualquier persona de la misma forma: Toko, Trosko, Tokoloko, Tokazo, etc.

Recuerdo que por ese entonces Toki estaba entrenándose y haciendo un curso de salvataje en la Escuela de Guardavidas de Morón. Esto me resultaba muy curioso por dos motivos. Uno: que una ciudad tan mediterránea como Morón tuviera una escuela de salvataje en el mar. Dos: que Gabriel se interesara por salvar vidas siendo que él mismo atentaba todo el tiempo contra la suya. Igual nunca tuve el coraje de discutir con él éstos asuntos. Si bien era un tipo de una adivinable fragilidad, también era muy irascible. Tenía una cierta incapacidad para discutir de cualquier asunto y estallaba de furia en menos de treinta palabras, lo que equivale a un par de contrapuntos en una discusión. Igualmente esto no es demasiado importante. Lo que sí es importante es que ahora y después de varios años está aquí en mi oficina porque necesita hablar conmigo. Nunca entendí por que las personas más dispares me buscan para hablar cuando están en algún tipo de crisis, sobre todo porque me hincha soberanamente las pelotas que así suceda y porque no entiendo cómo no se persuaden de que me importa un rábano lo que pudieran decirme o contarme. El asunto es que debo escucharlo. Evidentemente lo que inquieta a este gigantón no es una tontería o un tema menor a juzgar por su perceptible malestar.

Me tomé un rato para observarlo. Parecía uno de esos castillos inflables a los que le faltan unas cuantas libras de aire para estar erguidos. Mientras esperaba que yo me desocupara para hablar con él relajadamente, se comía las uñas, abría y cerraba las revistas de mi estudio, se paraba, se sentaba, miraba su teléfono, bufaba. Su estado de ansiedad y su agobio eran enormes. Dejé de observarlo, agarré mi campera del perchero y salí de mi cubículo a su encuentro.

- Hola Gus. Casi que ya me iba a la mierda.
- Perdoná, tenía algunas cosas que solucionar antes de desocuparme para que charlemos. Mejor salimos de acá y nos vamos a un bar para poder estar tranquilos.
- Dale. ¿Pero no te jode?
- No me jode. Si nos quedamos acá suena el teléfono en cualquier momento y tendré que atender, en cambio si no estoy, el que llame que se vaya al carajo.

Camino al bar me contó que hacía ya tres veranos que había terminado el curso de guardavidas y que se había mudado a San Clemente. Me contó que lo había pasado realmente bien y que estaba convencido de que eso era lo que quería para su vida. Hasta que sucedió lo que hizo que me buscara para charlar. Antes de llegar al bar también me agradeció que “no le cortara el rostro” y que lo recibiera con “buena onda”. Llegamos, nos pedimos una cerveza con maníes.

- Bien Toki, contame para qué viniste a verme.
- Si. Bueno, como te conté me fui a San Clemente y el primer verano estuvo todo refino. Estaba todo el día en la playa con Carrizo, un perro “esnauser” que entrenaba para que me ayude a sacar a los giles que se zarpaban en la playa. Me levanté algunas minitas. Viste que a las minitas les gustan los chabones grosos como yo. Encima estaba rebronceado y las gilas se recopaban conmigo. Todo estaba refino, loco. Me había conseguido una casucha a unas cuadras de la playa y zafé de vivir en el albergue de los guardavidas. En la playa estaba todo joya con los chabones, pero en la casa cada uno quería hacerse el dueño y mandonear a los otros. Yo en mi bulo tenía las cosas que quería y como las quería. Vos Trosko sabes que yo soy rebueno pero no me gusta que me boludeen y además me saco en un toque. La cosa es que un día estaba ahí en el puesto con Carrizo. Le enseñaba a que agarre bien con la parte de atrás de la mandíbula porque ahí no tienen dientes los perros esos, entonces no te cortan el brazo si te tienen que salvar. No había casi nadie en el agua porque hacía frío y el mar estaba reloco. Por ahí escucho que los que estaban en la playa me gritaban y señalaban para el mar. Cuando miro había una minita readentro y con las olas se me perdía y aparecía. Con Carrizo nos zampamos al agua y nadamos hasta que la agarramos entre los dos y la sacamos. La loca estaba medio ahogada y le hice respiración, llamé a la ambulancia y se la llevaron. Yo ya había sacado a varios boludos pero nunca a una minita y menos desmayada, así medio ahogada. ¿Sabés loco que me quedé preocupado? No se, todo el rato en el que estuve en la playa hasta que terminé el turno no me podía sacar de la cabeza la cara de la minita y las tetas, tenia una tetas redondas, estaba rebuena. En serio estaba rebuena. Una minita linda. Yo nunca había besado a una minita bien linda. Si besé y me curtí minas con buen lomo, pero no lindas de la carita. ¿Entendés? Me repegó. ¡Relinda!

Gabriel se detuvo y quedó mirando el vacío por un momento, luego levantó la vista y la perdió un poco en la calle. Siguió con la mirada a un auto que pasaba lento, de esa forma que uno lo hace cuando intenta mirar al conductor del vehículo.

- El tema es que cuando terminé el turno me fui hasta el hospital para ver qué onda y si estaba bien. Cuando llegué me dijo el de la guardia que ya se había ido. Lo busqué al de la ambulancia, que era un conocido, y le pedí que me averiguara los datos de la flaca. El chabón no tuvo problema en averiguarlos y pasármelos porque tenía buen rollo conmigo, hacía cerca de un mes que yo había sacado del agua a un gil que él conocía. Así que con los datos de la flaca me fui hasta la casa. Cuando toqué el timbre salió enseguida, parecía que me estaba esperando. Tenía puesto un shortcito y una remera sin nada abajo. Se les notaban los pezones de las tetas. Si ya me parecía que estaba rebuena siendo que la vi medio muerta, no sabés lo que era vivita y coleando. Me saludó con abrazo zarpado y me invito a pasar. Te imaginás que me mandé para adentro como tiro. Peló un birra y nos pusimos a charlar. Me preguntó de todo, quería saber quién era yo. Ella me contó que tenía un negocio en Villa Dolores y que pasaba el verano ahí en San Clemente porque se llevaba medio mal con sus viejos. Charlamos un huevo. El asunto es que fuimos pegando onda y alta charla. Ese mismo día terminamos curtiendo. Yo no me lo podía creer, no sabés con la reonda que me besaba. Creo que el enganche fue por el asunto este de haberla salvado. No sé, para ella era como una especie de héroe o algo así.

La cerveza que habíamos pedido se había terminado y lo interrumpí un poco para pedirle al mozo que nos sirviera otra y que trajera algo para picar. Intentaba adivinar cómo seguiría la historia pero no tenía ni idea y la verdad que ya había resuelto cortarlo en cualquier momento porque lo que estaba contando no me despertaba ningún interés. Deseaba que me sonara el teléfono, pero no estaba teniendo suerte. El mozo vino bien rápido con el pedido, así que aunque no quisiera tenía que quedarme por lo menos el tiempo que nos durara la ronda.

- Entonces, ¿qué pasó? ¿La volviste a ver, la buscaste? Dale seguí contándome.

- ¡Uy! Toko, si te jode hablamos otro día. Vos sos regroso para mi y no quiero romperte las bolas ni un poco.
- No hay problemas, si me quisiera ir, me voy y listo. No creas que me faltan huevos para hacerlo.
- Si ya se chabón. Bueno. ¿Te dije que la minita me readmiraba o algo así?
- Si, y hasta ahora también me repetiste que tenía unas tetas bárbaras.
- Si, ¡no sabés! Empezamos a salir, a vernos todos los días. Nos echábamos unos polvos importantes en cualquier lado. En el mar, en el mangrullo, en la sala de los salvavidas, en las carpas, en el baño del bar de la playa. Donde pintaba, curtíamos. Me quemaba la cabeza. La cuestión es que comenzó a pasársela más en la casucha que en su casa y de a poco iba trayendo y dejando sus cosas. Con el perro, al principio, estaba todo bien, pero después me hizo el trabajo fino y me convenció para que lo mande a dormir en el jardín. En algo tenía razón. Carrizo, con el asunto que se mojaba todos los días y se secaba al sol, tenía un olor terrible. Además, viste como soy yo, si una mina me curte bien y me cabe, me descajeta el cerebro. Así como hizo con Carrizo fue haciendo con los flacos que me hacía amigos en la playa, con el vecino, con los giles que me iban a visitar de Morón y con cualquiera que estuviera cerca mío. A todos les encontraba alguna barba. Era una mina brava. En un par de meses ya no me veía con nadie. Me la pasaba laburando en la playa y después curtiendo con ella. En eso no aflojaba, me tocaba y yo me ponía como loco. Después de un tiempo, medio que empezamos a discutir por boludeces y la cosa comenzó a ponerse áspera. A mi me gustaba estar con ella porque me ponía como una moto, pero también quería estar con otros locos y la mina se rechivaba. Así que, para no tener quilombo, le hacía caso. Yo sabía que estaba mal, pero no lo podía manejar porque la mina me regustaba y creo que ella lo supo al toque. Igual no es que estaba todo mal. Los días que tenía franco ella me ayudaba a entrenar a Carrizo para los salvatajes. La loca se represtaba y muchas veces la salvamos de pedo. Un día estuvimos toda la noche discutiendo porque ella no se bancaba a una guardavidas de mi equipo. Decía que la mina me tiraba onda y que yo la histeriqueaba. Nunca había estado tan sacada, me dijo cosas regrosas. Se zarpó y terminó tirándole un palazo a Carrizo, que le dio en un ojo y lo lastimó. Ahí me saqué, me puse como loco y casi la cago a trompadas, pero me frené y preferí irme a la playa con el perro. Esa noche no dormí nada. Era uno de los días que tenía franco. A las ocho y media, vino al mangrullo con mate y medialunas. Carrizo cuando la vio fue y se quedó bien en la orilla, sin acercarse. La boluda tenía los ojos rehinchados, se notaba que había llorado un huevo. Me cebó mates sin hablarme y después me propuso seguir con el entrenamiento de salvataje. Yo no le dije nada, pero lo llamé a Carrizo y agarré el salvavidas. Ella se metió al mar unos metros, volvió y me dio un beso mientras me tocaba los huevos. Me dijo que si la salvaba bien, me iba a echar el mejor polvo de mi vida. A Carrizo le encataba cuando me veía con el salvavidas y ladraba como un tarado. El asunto es que la flaca con sus tetas, se metió en el mar. Tenía que ir unos metros más allá de la rompiente, hasta donde no hacía pié. Una vez que llegaba al lugar en donde tenía que hacerse la ahogada, nos hacía una seña y con Carrizo nos metíamos al mar a sacarla. Llegó al lugar y nadó unos cuantos metros más. Estaba más lejos que otras veces. Me hizo la seña y yo le grité a Carrizo. Pero el boludo no me dio bola. Le volví a gritar y nada, corría entre la espuma de las olas de la playa pero no entraba. Lo putié y lo mandé al magrullo, pero no me hizo caso y vino a ladrarme como si fuera a morderme. Le tiré una patada y me metí corriendo al mar. Antes de zambullirme en la rompiente miré a ver si venía y Carrizo seguía corriendo en la playa para un lado y para el otro, ladrando. Me zambullí y cuando empecé a nadar no podía ver dónde estaba la flaca, nadé y nadé buscando pero no la veía. Entonces empecé a hacer saltos de delfín, me sumergía y salía lo más vertical posible, y la vi flotando como a cincuenta metros de donde yo estaba. Nadé como una lancha y llegué hasta donde ella flotaba boca abajo. La di vuelta y traté de calzarla por debajo de los brazos y las tetas. Estaba cansado porque no había dormido y me di cuenta de que no iba a poder arrastrarla hasta la playa. Como pude agarré el silbato y lo llamé a Carrizo. No sé cómo hizo pero al toque estaba al lado nuestro y tratando de agarrarle el brazo. Carrizo nunca se había metido tan adentro en el mar. Entre los dos la sacamos como pudimos. Llegamos a la orilla agotados. Carrizo la dejó en la arena y se fue abajo del mangrullo. Yo traté de hacerle respiración pero la mina no reaccionaba. El aire no me alcanzaba. En eso llegaron los demás guardavidas que empezaban el turno e intentaron reanimarla mientras venía la ambulancia que ya habían llamado, al verme con ella tirada en la arena. En un momento reaccionó y largó agua hasta por el culo. Tenía como un ataque de tos terrible. Después respiró bien hondo y dijo: “-¡Perro puto!” Volvió a toser, tuvo como un ahogo y volvió a desmayarse. Llegó la ambulancia y se la llevó. Yo me tiré un segundo en la arena hecho mierda. No podía respirar. Carrizo vino y me lamió la cara. Le dije que no se preocupara, que todo estaba bien. Pero no sé lo que le pasó al perro, porque comenzó a caminar por la playa y no daba bola a los que lo llamaban. Yo me paré como pude e intenté correrlo pero el guacho corría más, alejándose. En eso me alcanza uno de los guardavidas y me avisa que la flaca había hecho un paro cardíaco en la ambulancia y que estaba muerta. ¡Y el puto perro que no volvía!

Toki dejó de hablar por un momento y se tomó el vaso de cerveza de un trago. Yo hice lo mismo con el mío.

- Al principio fue como si no lo escuchara al gil que me dijo que la flaca estaba muerta. Lo único que me importaba era el perro que no volvía y salí corriendo otra vez. Los guardavidas me siguieron, me alcanzaron y me tumbaron con un tacle. Ahí me vuelven a decir que la flaca estaba muerta. Ahí nomás llegó la policía a buscarme. Me llevaron a la seccional y me cagaron a trompadas para que reconozca que yo no hice nada para salvarla. Los ratis no sabían nada, pero yo sí y me sentía como el culo. No sé porque no firmé la declaración que los ratis me habían dibujado. Pensaba en Carrizo y en las tetas de ella cuando se metía en el agua. Me tuvieron ahí como seis horas. Después llegó una amiga de ella con un tipo que era el padre de la flaca. Ahí la cana y yo nos enteramos de que había tenido como cinco intentos de suicidio y que no les sorprendía que por fin se hubiera suicidado. Al padre no se le movía un pelo. Un hijo de puta. Se le había muerto la hija y lo único que quería era saber qué tenía que firmar y llevarse el cuerpo lo más rápido posible. Firmó y se la llevó ahí nomás. La cuestión es que zafé. ¡¿Entendés?! Zafé. Ese mismo día decidí irme de San Clemente. Cuando me dejaron ir los canas, me fui a la casucha creyendo que Carrizo iba a estar ahí esperándome, pero no. El forro se había ido. Junté mis cosas y me vine.
- ¿Cuánto hace que volviste?
- Un año, más o menos.
- ¿Y por qué venís a contarme esto ahora?
- Porque tenía ganas de verte y de hablar con vos.
- Toko, ¿vos crees que a mi me importa?
- No creo. Pensé que me dirías algo para ayudarme. Hace un tiempo que no duermo. Creo que con Carrizo la matamos.
- Yo creo que la mina se suicidó y el perro sabía que la boluda quería matarse. Si es eso lo que querías saber, eso es lo que pienso.
- ¿Te jode si me voy?
- Para nada.
- Bueno Toko, me voy a la mierda. Suerte y perdoná si te rompí las bolas.
- Todo bien. Lamento si no pude ayudarte en lo que esperabas. Suerte.

Se paró con toda su corpulencia. En ese momento lo vi más pequeño de lo que lo veía siempre. Fue hasta la barra del bar, le pagó al mozo la mitad de la cuenta y salió. Cuando estaba en la vereda, me miro y se volvió. Pensé que venía a darme una paliza y me dio miedo, pero lo único que hizo fue decirme:

- Se llamaba Laura. La flaca tetona, se llamaba Laura y era rubia. A vos que te hacés el escritor, por ahí te dan ganas de escribir esta gilada. Las Lauras son unas jodidas y casi todas son tetonas. Cuidate. Estoy laburando como seguridad, si necesitas algo avisame.

               

11 comentarios:

Gizela dijo...
Gustavo, no importa la hora que sea, cuando comienzo a leer una de tus historias, desde la primera linea hasta el fin, no puedo parar.
Enganchas, desde el título.
Felicitaciones
Un beso Gizz
Anónimo dijo...
¿¿ordenador??
Victor dijo...
Buenísima la historia Gustavo. Muy bien logrado.

Saludos

Victor
Carlos dijo...
Buenisimo relato. Felicitaciones Gusti.
Anónimo dijo...
GUSTAVO UN GUSTO DE CONOCERTE,
NO HABIA ESPIADO MUCHO LO TUYO, PERO TOMANDO EL TESIOT, Y FUMANDO ALGO RICO, PUDE ADENTRAME EN TU MUNDO QUE BUENO!!!!!!! PERMISO, POR QUE PIENSO SEGUIR PASANDO. CLAUDE. GRACIAS!!!
De Cacho Para Vos dijo...
Felcitaciones por la historia...muy atrapante y divertida.
Los felicito por le blog, realmente es necesario jaja.
Me gustaria invitar a los creadores y a loslectores a pasar por De Cacho para vos...un espacio hecho para con mucho humor para saludar a las madres en su día.
Los esperamos...
Exitos...
Anónimo dijo...
Como andas AMOR
Patto dijo...
Bueno, realmente no pensaba leerla por completo. Aunque de todas formas iba a leer un par de párrafos para ver de que se trataba.
Evidentemente, no pude dejar de leerla hasta el final.

Me gustó todo: los personajes, la forma de contar la historia, y la historia en sí.

Excelente señor!
Damianknight dijo...
Muy buena Guz!!!!!
Anónimo dijo...
era rubia. A vos que te hacés el escritor, por ahí te dan ganas de escribir esta gilada. Las Lauras son unas jodidas y casi todas son tetonas. Cuidate. Estoy laburando como Un año, más o menos.
canzaba. En eso llegaron los demás guardavidas que empezaban el turno e intentaron reanimarla mientras venía la ambulancia que ya habían llamado, al verme con ella tirada en la arena. En un momento reaccionó y largó agua hasta por el culo. Tenía como un ataque de tos terrible. Después respiró bien hondo y dijo: “-¡Perro puto!” Volvió a toser, tuvo como un ahogo y volvió a desmayarse. Llegó la ambulancia y se la llevó. Yo me tiré un segundo en la arena hecho mierda. No podía respirar. Car No creo. Pensé que me dirías algo para ayudarme. Hace un tiempo que no duermo. Creo que con Carrizo la matamos.
- Yo creo que la mina se suicidó y el perro sabía que la boluda quería matarse. Si es eso lo que querías saber, eso es lo que pienso.
- ¿Te jode si me voy?
- Para nada.seguridad, si necesitas algo avisame
Anónimo dijo...
TROKO te felicito por tus poemas !!!
TE QUIERO AMIGO AUNQUE VOS NO LO SEAS JAJAJAJAAJ
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