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"Habitaré tibiamente tus entrañas para salirme y volverme minúsculo, incompleto, ínfimo. Llenaré de silencio los mares, cruzaré de lado a lado la tierra. Volveré mi vista una y otra vez, para descifrarte y encontrar el canal que me devuelva. Lloraré mis dudas. Me haré más en vientres extraños, para ver el ciclo y elucidarlo. Abdicaré. La tierra me hará suyo, y me abandonará en lagrimas y sudor el agua. El viento me llevará consigo a dispersarme en otros ciclos. El fuego flameará mi olvido." - Gustavo Camacho

viernes, 23 de enero de 2009

Autocrítica

1 comentarios

Gracias Martín Sakamoto, por darme el pie para escribir éste intento de relato, que si bién no es autobiográfico, bien podría serlo. Celebro tu amistad. Gustavo Camacho.


Un sábado a la mañana de la primavera del ochenta, me voy a la estación del ferrocarril en San Pedro, tenía en ese entonces casi catorce años. Estaba algo bajoneado y el tren era un objeto que me desahogaba. Era un símbolo de esperanza. Algo así como mi salvador rampante que venía y me daba la oportunidad de salirme de toda la mierda del pueblo, de la chatura. Allí estuve un rato en un banco del anden, distraído y planeando cómo robarme el tremendo reloj que colgaba justo en el medio del alero. Era un reloj doblecara, inglés, de la marca B.A y R. Gillett & Co., de cuadrante blanco circular y con los números romanos en negro, el marco era de madera pintada de rojo. Una verdadera belleza. Esto de ir y sentarme planificando el robo era algo que me gustaba mucho. Nunca consideré eficaz o viable, ninguna de las formas que se me ocurrían y de haber tenido un buen plan, creo que me lo hubiese robado o al menos intentado.

Los que trabajaban en la estación eran tipos comunes que hacían una tarea rutinaria. Creo que su única suerte residía en los retrasos repetidos de los trenes que paraban en aquella estación de mi pueblo. Eso les implicaba tener que cambiar el cartel de los horarios y destinos, por lo menos una vez al día y aunque siempre lo hacían protestando, podía verse, en el tono de su protesta, que les alegraba, que los excitaba. Venían siempre de a dos, con sus carteles de madera blanqueda impresos con los números de las horas y los nombres de los destinos pintadas con color negro, una escalera firme de color verde y un trapo colgado del hombro. Yo los miraba y escuchaba protestar. Ese día disponen la escalera y para mi sorpresa sacan dos tiras de papel que las colocan con cuidado, bien estiradas y con cierta solemnidad. Cuando se bajan de la escalera y observan ambos desde abajo su faena, yo no podía creer lo que decían esos carteles hechos a mano:
ESTRELLA DEL NORTE - PARADA TECNICA - 11:00 - ALEJARSE DEL ANDEN.

¡Era el anuncio de parada del "Estrella del Norte"! Allí frente a mis ojos. ¡No lo podía creer!

El Estrella era un tren rápido, que daba un servicio especial uniendo Retiro con San miguel de Tucumán y que no paraba nunca en San Pedro. Hasta ese momento sólo lo había visto pasar interminable y a una velocidad más alta que la media de otras formaciones, algunas veces desde el paso a nivel y otras desde el andén donde estaba en ese mismo momento. Era algo así como un "supertren". La gente del pueblo lo miraba siempre con admiración y cuando se encontraban lejos de la estación, al escucharlo, intentaban contar, por los martillazos de las ruedas en las uniones de los rieles, la cantidad de vagones que llevaba. Cuando esto sucedía en los bares, siempre había algún parroquiano que contaba alguna anécdota repetida sobre algún viaje en El Estrella. Yo nunca me creí esas anécdotas pero cuando tenía la oportunidad, las escuchaba con atención. Ese día paraba por primera vez en San Pedro y yo estaba allí para observarlo a pocos metros y si lograba sortear a los guardias de vagón, quizás podría hasta llegar a tocarlo, pero esa no era una empresa fácil.

Pocos minutos después del anuncio, el viento trajo el silbido desde varios kilometros y los que trabajaban en la estación comenzaron a agitarse. El Estrella, al parecer, venía herido. Yo me puse en la punta oeste del andén porque desde allí lo podría ver en toda su extensión y más que eso, ese lugar me permitiría ver como mi monstruo preferido se detenía en su totalidad ya que entraba a la estación por ese lado. Luego estuve unos cuantos minutos escuchando con las piernas cómo se acercaba y como hacía vibrar toda la tierra y los rieles desde el par de miles de metros que todavía le faltaban para llegar al lugar donde un número importante de señores de azul se disponían con herramientas para curarlo con la mayor rapidéz posible. Esto era extraordinario para todos los que estabamos en ese momento en la estación.

Era todo un evento. Algo fuera de lo común, má aún para estos señores que acostumbraban a ver a los trenes "lecheros" que unían Buenos Aires con Rosario y que ni vidrios tenían en sus ventanas. Esos trenes eran como los perros sarnosos del pueblo, para lo único que servían eran para viajar en ellos sin boletos y para llenarse de pulgas y tierra en sólo uno de los tramos del recorrido. En cambio El Estrella del Norte era un "Señor Tren". Nadie más que ellos soñaba con poder ponerle sus manos encima.

En mi memoria traté de repasar la formación. Tenía la locomotora diesel, un furgón para automóviles, otro para correos y equipajes, un vagón cine, uno restaurant, dos de camarotes, uno de clase pullman, dos de primera clase, dos de segunda clase y cuatro de clase turista. La gente que viajaba en él, eran por lo general ricos del interior que se llegaban a Buenos Aires con el propósito de ir a ver teatro de revistas, pasearse por las peatonales y lucir sus mejores pilchas. También viajaban gente humilde con el propósito de establecerse en la gran ciudad, atestados de sueños de progreso y que terminaban, a la larga, siendo de los desplazados del conurbano. Igualmente ese no era mi tema y ni una cosa ni la otra desmerecía o diluía la magia de los quince vagones del supertren.

Los minutos pasaban ansiosos per con lentitud. Confieso que lo esperé agitado. Confieso que lo esperé emocionado.

¡Por fín llegó! Era tremendamente largo y ver su parada en el andén fue como ver a una riestra de caballos que bufaban y rechinaban briosos. Realmente, tuve la sensación de que los hierros de El Estrella, no estaban a gusto con el hecho de parar en esa pequeña estación de provincia.

Los guardavagones o "chanchos grises" y los inspectores de negro, bajaron de cada una de las puertas con sus franelas verdes y rojas, sus linternas y sus picadores de boletos de cada lado del cinturon como armas. Parados, a un metro de la formación, se acomodaban la gorra en movimientos imitados e impedían que nadie se acercará. Sobre todo los polizontes. Aclaro que los silbidos y los frenazos de los discos metálicos sobre los rieles, habían sido suficiente anuncio para las chusmas que con la velocidad de la luz desparramaron por el pueblo la noticia de que El Estrella del Norte pararía en San Pedro. Mirando a los guardas, desde la otra punta del andén, me dí cuenta que la cantidad de gente era considerable. Igualmente para mi, lo importante era que él, El Estrella, estaba parado ahí a pocos metros de mi mano.

Desde la punta oeste del andén, lo observe como quién mira a un héroe o a un dios. Para mí, todo era una sola cosa, un todo. Los vagones, los guardas y los curiosos, conformaban una única postal que no olvidaría jamás.

Habrían pasado unos cincuenta minutos cuando los guardas subieron por sus escalerillas y el cordonero corrió a agitar la campana. El Estrella silbó con enorme poderío y tras un chirriante tirón comenzó a moverse lentamente. Al mismo tiempo, comencé a caminar y luego a trotar, a su lado, por el andén. Mi héroe se marchaba. Alcancé a mantenerme a buena distancia y a la altura del fueye de unión de los penúltimos vagones. El tren aceleraba y yo también. Unos cincuenta metros antes de que me estrellara contra los pastos y el alambrado perimetral, el guarda del antepenúltimo vagón me hizo la señal de: "¡Ojo con subir!". Juro que hasta ese momento no se me había ocurrido tal atrevimiento, pero el gesto del guardia fue para mí un desafío. Corrí como poseído me acerqué y justo cuando se me terminaba el andén y la última puerta del penúltimo vagón estaba al lado mío, estiré el brazo y me agarré del pasamanos. El guardia que me hizo la seña estaba un vagón más adelante y no tuvo forma de verme. El envión me levantó por el aire y dí con las piernas en la chapa del costado de la puerta, haciendo un estruendo importante. Con la mano aferrada a la barra del pasamanos, dí un tirón y logré poner un pie en la escalerilla, pero no podía manotear la otra barra y El Estrella iba cada vez más rápido. Colgado de una mano y con un pié en un peldaño, lo único que se me cruzaba por la cabeza era la satisfacción de estar tocando El Estrella y la certeza de que por lo único que me soltaría sería si se me cortaba el brazo.

En el curvón de Guzzo pude agarrarme con la otra mano e intenté acercarme a la puerta para meterme adentro. Me costó un poco pero logré hacerlo. Cuando me asomé por la claraboya para ver si había "moros", el puto guarda de ese vagón, estaba ahí parado mirando -con cara de buche jodido- el paisaje de chacras de mi pueblo. Tuve suerte de que no me viera, pero me impedía entrar al vagón. En un momento deseé que algún boludo del pueblo me viera y que saliera a contarle a los demás chusmas y estos a otros y así acrecentar mi fama de "loquito". Me lo imaginé diciendo: -¡Vi al Negro Camacho en el Estrella!- pero era una verdadera estupidez pensar en eso en ese momento.

El asunto es que la ver al guarda me agaché convencido de que no me había visto. Para entonces El Estrella iba casi a su máxima velocidad. La vibración y los movimientos terminarían por tirarme a la mierda y eso era exactamente, lo que no quería. Así que miré el fueye, conté los movimientos, me agarré de la barra de la derecha con las dos manos y... ¡salté!. La chance era una sola y errar significaba rodar por el pedregullo y los abrojos del costado de la vía, si tenía mala suerte, por ahí, me chupaban las ruedas y me hacían añicos entre los durmientes, lo cuál, debo confesar, era una forma de morir de lo más tentadora. En el aire me dí cuenta que había calculado para el culo, pero el desplazamiento de El Estrella corrigió mi error y pude agarrarme de la linterna de la luz trasera del vagón y calzar los dos pies en los paragolpes y acomodarme para agarrarme de las barras forradas con cuero del fueye.

-¡Mierda! ¡Puto Estrella, casi me tirás a la mierda!- grité como un loco.

Después, sólo me restaba acomodarme y copiar la diferencia de balanceo entre un vagón y el otro. Descifré que cuando golpeaban las primeras ruedas del penúltimo vagón, en dos segundos se me bajaba el paragolpes en el que tenía el pie izquierdo y se subía el del derecho que en dos segundos más hacían el movimeinto inverso. Así como flotando en el aire y con los bichos y otras mierdas pegándome chicotazos en la espalda, viajé la hora veinte que tardó El Estrella entre San Pedro y Buenos Aires. Ni en auto había llegado jamás tan rápido.

Llegar a la capital era siempre como una fiesta para el asombro. Miraba los edificios y pensaba en que me daba lástima que el Cleto Flores o el Jabalina o el Loco David, no me hayan acompañado en esa aventura. Los pelotudos se la habían perdido y seguramente después no me la creerían.

El Estrella del Norte pitó con fuerza y alegría unos metros antes de entrar al galpón de Retiro. Yo me preparé para saltar y salir rajando antes de que los guardias del tren o de la estación me agarraran. Me asomé, calculé y me tiré... Caí al andén y dí dos vueltas carnero, me paré y cuando quise salir corriendo, las piernas no me respondían. Se seguían moviendo con el ritmo de los paragolpes del fueye. Noté que me había raspado el brazo derecho y la espalda, y que se me había hecho mierda la remera. En eso, vinieron los guardias y me agarraron. Me llevaron casi arrastrando hasta los molinetes de control. Yo los puteé cagándome de risa. Ellos llamaron a La Federal y entre todos, me cagaron a patadas en el culo y en las piernas. Me llevaron a una sala donde metían a los polizontes y me dejaron ahí tirado. A mi no me importaba nada. Lo único que me molestaba era esa sensación de mierda en la piernas.

Allí estuve varias horas y en lo único que pensaba era en volver al pueblo a contarles, a toda la gilada, que yo viajé en el Estrella del Norte, la única vez que paró en San Pedro y esa no me la podía empatar nadie, pero nadie.
 
 
 

1 comentarios:

Gizela dijo...
Te felicito!!1
Te quedo buenísimo el relato.
Me encantó!!!
Viví hasta el final la aventura con el negro Camacho. Viaje hoy,con el Estrella del Norte.
Un besote
Gizz
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Bº Balvanera, Buenos Aires, Argentina
 
Mi problema quedó de manifiesto cuando comprendí que en cada entramado de esta red existe la posibilidad de ganarle un minuto más al "uno mismo muerto" que engulle con prisa y retraso lo que voy intentando ser y hacer. Ojalá lo logre por el resto de mi vida.
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